Ambición: una palabra ambigua

Cuando, no sin un cierto dejo de sorna, el interlocutor ocasional le dice al capricorniano: humm… eres de Capricornio, debes ser muy ambicioso…, nuestro lacónico nativo quizás, no sepa cómo reaccionar.
Y al reflexionar sobre este difundido juicio, la primera duda que nos asalta es: ¿ser ambicioso será una virtud o un defecto? Para aquellos que valoran el éxito mundano, seguramente es una virtud y lo más probable es que las naturalezas más sensibles o temerosas consideren a la ambición como una especie de pecado de soberbia.
En realidad, el origen de la palabra ambición nos da algunas pistas muy interesantes para desentrañar el malentendido.
Ambición deriva de ambiente, que a su vez procede del verbo latino ambire, que significa sencillamente rodear, cercar- y también pretender. Según su origen etimológico, ambicionar no sería otra cosa que la pretensión de cercar, de definir un ambiente.
Desde su nacimiento, el capricorniano tiene la sensación de que el mundo, al recibirlo, le ha otorgado un lugar (un ambiente) para que pueda desplegar su existencia. Y que a partir de esta percepción innata, surge inmediatamente el sentido de responsabilidad y de obligación hacia ese mundo.
En lo esencial, la ambición capricorniana es un poderoso deseo-voluntad de cumplir con lo que el nativo de este signo supone que el mundo espera de él: que ocupe un lugar de relevancia (que ambicione, es decir que defina un ambiente propio), que realice un aporte concreto y significativo para la vida social.

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