La astrología árabe

La astrología se difundió ampliamente entre los persas, sirios, árabes y turcos y acompañará a la con­quista musulmana. Su historia más interesante abarca ocho siglos a partir del siglo VIII d.C. y corresponde al período islámico. Toma el nombre de El hakam el noud’joun o “juicio de las estrellas”.
Aunque la intención de Mahoma haya sido eliminar de la fe las supersticiones astrales y las ideas judeocrístianas, el Corán no formula expresamente una prohibición de la astrología. El mahometano considera a los astros como signos de la voluntad de Dios, pero las predicciones no deben tener un carácter fatídico. Y el hecho es que muchos califas tienen un astrólogo a su servicio.
Es bien conocido el desarrollo de la astronomía árabe, que favoreció cierto número de progresos astrológicos. Los principales elementos técnicos del horoscopo natal árabe son de índole helenística, pero el sistema de las “partes”, descrito en una única fórmula por Ptolomeo (parte de la fortuna), está particularmente extendido entre los árabes, sobre todo en Albu­masar (Abu Mas’har al Balkhi), quien establece mu­chos otros. Las partes han caído hoy prácticamente en el olvido a pesar de los esfuerzos realizados por cier­tos autores para favorecer su redescubrimiento.
Los eruditos árabes aportaron algunas importantes contribuciones matemáticas a la técnica horoscópica. En primer lugar, la determinación algebraica exacta de las casas intermedias (mientras que Ptolomeo había de­finido con precisión los 4 ángulos). Además, constru­yeron nuevos astrolabios que permitían leer directa­mente las cúspides de las casas. En segundo lugar calcularon la fecha de los acontecimientos celestes gracias al arco ecuatorial recorrido según el movimiento diurno aparente de un planeta (rotación del globo terrestre).
Los árabes practican con precisión la astrología genetlíaca y la astrología horaria de estudio de los aspectos momentáneos de un ciclo. Pero introducen una técnica nueva cuyas repercusiones en Occidente examina­remos: la astrología “mágica”. Su principio es la combinación de la influencia de un planeta con metales o con los signos que les corresponden, que producen, según ellos, una “fuerza sideral” incrementada. De ahí la práctica de los amuletos y otros talismanes (del griego télesma), cuya descripción se encuentra, dicen, en el Picatrix, obra de magia árabe que influyó sobre nuestra Edad Media.
Las relaciones entre el mundo islámico, occidental y judío son excesivamente complejas para ser expuestas aquí: J. Halbronn consagró una importante tesis al estudio del “mundo judío y la astrología” , en la que se examina un fenómeno de hebraización de la as­trología por parte de los filósofos judíos españoles del siglo XII (Ibn Azra = Abu Ezra, Avenarius en latín, autor de una enciclopedia astrológica escrita en Beziers en la primera mitad de este siglo).
La astrología tuvo, por supuesto, sus adversarios durante todo este período. Entre ellos el célebre médico alquimista y filósofo Avicena (Abú Ali Al-Hoseín Ibn Siná) fue de los más severos; evocaba el Corán, “Sólo Dios conoce el porvenir”, para condenar la astrología. Ibn Khaldún, en el siglo XIV, reúne sus conocimientos en su obra Del horoscopo y afirma la falsedad de la astrología.
Cuando, finalmente, con la declinación de la gran expansión islámica, la astrología deja de ser practicada por los eruditos, pasa a ser, como en todas partes, una adivinación popular más o menos impregnada de magia.

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