La imprenta y el heliocentrismo

La imprenta aparece en 1453 inventada por Gutemberg y se difunde por occidente. La astrología se beneficia grandemente con ella por la publicación de efemérides que darán a muchos la posibilidad de establecer horoscopos sin necesidad de cálculos.
Campanus, traductor en el siglo XIII de la geome­tría de Euclides, ya había intentado volver a calcular las casas astrológicas. En el siglo XV, Regiomontanus (1436-1475), cuyo verdadero nombre era Johann Müller de Konigsberg, calcula tablas de direcciones para el arzobispo de Grass, en Hungría. Luego se establece en Nuremberg, donde instala un observatorio y una imprenta. Publica el primer calendario astrológico y las primeras efemérides impresas, a las que siguen muchas otras (se afirma que Cristóbal Colón y Vasco de Gama las llevan en sus viajes).
El italiano benedictino Placidus de Titis (1603­1668), otro gran calculista notable de la época, matemático y físico, enseña en la Universidad de Pavía. Considera que las 12 casas astrológicas no son construcciones geométricas sino zonas de influencia real en el movimiento diurno del Sol. Así pues, decide adoptar una domificación natural de 12 casas correspondientes cada una de ellas a dos horas temporales. Es el método más generalmente utilizado hoy en día en nuestras efemérides.
En su conjunto, el Renacimiento es favorable a la astrología, puesto que se apoya en un retorno a las fuentes antiguas. La Reforma prácticamente no tiene incidencia, pero los historiadores han encontrado rastros de una astrología protestante en Alemania (fue hallado el horoscopo de Lutero).
Existe una prueba de su subsistencia tardía en las costumbres inglesas: el observatorio de Greenwich es fundado en 1675 por el astrónomo real J. Flamstead. Se establece el mapa del cielo de la colocación de la primera piedra, que tuvo lugar el 16 de mayo a las tres horas y catorce minutos de la tarde. Se dice que el horós­copo fue trazado por el mismo Flamstead y conservado en los archivos del observatorio con esta mención garabateada: “Risum, teneatis amici” (cuidáos de reíros, amigos).
Sin embargo, en Europa éste es el fin de la nueva edad de oro de la astrología, que ha durado varios siglos.
Al mismo tiempo que el saber humano se amplía considerablemente con los viajes de los grandes descu­brimientos (siglo XVI) y a causa también del prodigioso salto científico (siglo XVII) producido en todos los terrenos de las ciencias de la naturaleza, se asiste a una rápida declinación de la práctica astrológica.
Por un lado, el espíritu se aleja de las prácticas no demostradas, y con la Contrarreforma la presión de la Iglesia se hace más estricta e intensa. Por el otro, la afirmación del heliocentrismo induce a los últimos grandes astrólogos a adoptar posturas arcaicas en defensa de las antiguas teorías.
Copénico (1473-1543), en efecto, demuestra por vez primera el doble movimiento de los planetas, com­prendida la Tierra, sobre sí mismos y en tomo del Sol. Luego, Galileo (1564-1642), matemático y astrónomo, seguidor del sistema de Copémico, es condenado por la iglesia, que acusa a la teoría de herética.

Tycho-Brahé (1546-1601) defiende un sistema intermedio según el cual la Tierra está inmóvil, mientras que el Sol gira alrededor y los cinco planetas se mueven en torno al Sol. Transmite sus observaciones a su discípulo Kepler, quien formula las tres leyes que describen el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Buen conocedor de la astrología, como todos los astrónomos de la época, y practicándola con convicción, afirma que la nueva concepción no la atañe. “Basta con que el astrólogo perciba cómo los rayos vienen del Oriente, del Mediodía o del Occidente y desaparecen, basta con que se sepa si dos planetas están conjuntos, opuestos cosa que los buenos astrónomos pueden mostrar de noche con sus instrumentos”, escribe. “¿Acaso el astrólogo pregunta cómo sucede esto? En verdad, no lo hace, al igual que el campesino no pregunta cómo se forman el verano o el invierno y sin embargo se deja guiar por las estaciones”.
De este modo, Kepler sitúa por vez primera a la astrología dentro de las nuevas concepciones científicas: sigue siendo decididamente geocéntrica, como lo es aún en nuestros días, al basarse en una consolidada experiencia terrestre que ya está anunciando recientes concepciones modernas.
Por el contrario, el célebre astrólogo Morin de Vi­llefranche sigue apegado a la antigua concepción del mundo. Médico y matemático, J.-B. Morin, nacido en Villefranche-sur-Saóne (1583-1650), es el astrólogo del duque de Luxemburgo y luego, en 1630, pasa a ser profesor de matemática en el Colegio de Francia. La obra de su vida, el voluminoso Astrologica gallica (La Haya, 1661), realiza un balance completo de la astrología de la época con concepciones particulares del autor, como aquel primum mobile que él define como el lugar del que emanan las fuerzas siderales que influyen sobre los cuerpos terrestres, relacionado, pues, con el antiguo sistema de las esferas celestes. Su colega del Colegio de Francia, P. Gassendi (1592-1655), también matemático, lo ataca sin miramientos afirmando que el sistema de Copérnico es el mejor (al tiempo que se declara seguidor de Tycho-Brahé como una forma de llegar a un compromiso aceptable para la Iglesia).
La astrología pierde todo crédito en los círculos científicos. El Discurso del Método de Descartes se publica en 1637. En lo sucesivo, la astrología es condenada por la Iglesia y a la vez por las nuevas ciencias. Prácticamente se deja de enseñar en las universidades. Finalmente, Colbert la prohíbe en Francia en 1660.

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