Primeros conocimientos astrológicos de la Antiguedad

El hombre primitivo, que vivía en estrecho contacto con la naturaleza, observó, mucho antes de la invención de la escritura, las fases de la Luna y el movimiento diurno del Sol y de los elementos luminosos de la bóveda celeste nocturna. Como agri­cultor, reconoce tempranamente la importancia de los solsticios y los equinoccios.

Cuatro estaciones en Mesopotamia, tres en el valle del Nilo, que siguen el ritmo de las crecidas, indujeron la creación de calendarios destinados a prever la sucesión de las actividades anuales.

Con el retomo de las mismas posiciones del Sol, el año se siguió en todas partes a través de sus 12 lunaciones, que se convirtieron en una cifra fundamental.

Unos 3000 años antes de Cristo, la primera crono­logía egipcia divide el año en 360 días (+5). Los meses de 30 días se dividen en tres semanas de 10 días (los “decanatos”, introducidos posteriormente en la astrología griega).

El día se divide en 24 horas desiguales, dos veces 12 horas, diurnas y nocturnas, atribuidas a 12 animales sagrados: gato, perro, serpiente, escarabajo, asno, león, macho cabrío, toro, gavilán, mono, ibis, cocodrilo. Aquí, pocas observaciones directas del ciclo: los calendarios están ligados a la vida propia del Nilo.

En efecto, el Egipto faraónico se caracteriza ante todo por el apego a estas adquisiciones milenarias que posi­bilitaron el dominio del río. Matemáticos, astrónomos, ingenieros -la elite intelectual en estrecho contacto con la casta sacerdotal- transmiten estas ciencias en­señadas en los templos. El Sol es objeto de la veneración de este pueblo en una región donde llueve rara vez, sobre todo en el Alto Egipto, y el culto solar proviene de la más remota antigüedad.

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