El Siglo de las Luces

La astrología (dice la Enciclopedia de Diderot, p. 780) es el arte de predecir acontecimientos futuros en función de los aspectos, posiciones e influencias de los cuerpos celestes. Vemos de inmediato que en el ánimo de la época la astrología está limitada a su aspecto de previsión. No se hace mención alguna de su influencia en los rasgos individuales. El artículo, de tres páginas de extensión, ilustra claramente la actitud de entonces: el texto lo rechaza todo. Habla del “pretendido arte de anunciar los acontecimientos morales antes de que sucedan: entiendo por acontecimientos morales aquellos que dependen de la voluntad y de las acciones libres del Hombre, como si los astros tuvieran alguna autoridad sobre él y lo dirigieran”, afirmando así claramente la libertad de acción del individuo. Aludiendo a los períodos en que la astrología ejercía una función oficial, el autor escribe: “En estos últimos siglos hemos sufrido cl contagio de la misma superstición”. “Hacéis circular un millón de desdichadas mentiras gracias a otras siete u ocho que os han salido bien”, dice Diderot a los astrólogos, y luego: “Hoy el nombre de astrólogo se ha vuelto tan ridículo, que sólo el pueblo bajo añade cierta fe a las predicciones de los almanaques.”
Al lado de estos duros pasajes, muy característicos de la época, hallamos refutaciones de orden racional. En primer lugar, la de la precisión de la hora de nacimiento, cuya importancia es primordial. “¿Creéis acaso que el primer cuidado de las comadronas al nacer un niño es consultar todos los relojes? Cuántas hay que descuidan hacerlo, mostrándose por encima de semejantes supersticiones. Además, ¿los cuadrantes son siempre lo bastante exactos?” A continuación se esgrime un importante argumento relativoa las numerosas muertes causadas por guerras o catástrofes: “Quienes perecen en una misma batalla, ¿han nacido todos bajo una misma constelación?” Por último, se originan aquí algunos interrogantes racionales sobre el determinismo, físico de la influencia de los astros: “¿En qué parte del cielo se habrá conservado esa primera potencia, que no debe manifestarse y desempeñar, por así decirlo, su papel sino varios años después, más o menos cuando el niño tenga cuarenta años?” Y el autor concluye: “Creer que el destino sólo habrá de tener efecto cuando ese niño haya alcanzado una edad más avanzada es una impertinente fantasía.”
Sin embargo, el artículo constata también que “aunque se haya combatido duramente a la astrología no se puede decir que ellos (los autores) hubiesen desarraigado por entero esta ridícula prevención”, y luego “cuando un prejuicio es general, los mejor intencionados no pueden dejar de rendirle culto …”
En suma, en el Siglo de las Luces la razón es todopoderosa y puede liberar al hombre de sus supersticio­nes, entre ellas la astrología. La vida intelectual está basada en el progreso de las ciencias.
La astrología es víctima en esta época de un hecho de particular gravedad: la supresión, a partir de 1710, de la impresión de efemérides y tablas que desde el descubrimiento de la imprenta habían facilitado la labor de los astrólogos ahorrándoles numerosos y complicados cálculos. Los anuarios astronómicos, que indican las posiciones planetarias de ascensión recta y de­clinación -coordenadas ecuatoriales-, no son directamente utilizables. Para convertir estos datos en coordenadas eclípticas (longitud, latitud), las únicas que se emplean en la astrología, hay que realizar una labor de cálculo apropiada. Elaborar un mapa exacto del cielo pasa a ser ahora un trabajo sólo reservado a los eruditos. Pero los sabios de la época se apartan por completo, como hemos visto, de la astrología, a la que desprecian. Sólo subsiste por consiguiente una vaga astrología de charlatanes y almanaques campesinos. Pri­vada de su base objetiva, así como del apoyo de los científicos, la astrología comienza su “travesía del desierto”, al ser relegada a una clase de esoterismo, como la cábala, quiromancia, geomancia y demás artes ocultas.
Federico II, soberano de Prusia, de ingenio brillante y alumno de Voltaire, aspira inclusive a prohibir las predicciones en los calendarios populares, pero las protestas se lo impiden, mientras que María Teresa de Austria no vacila en tomar esta medida. Se expurgan ciertas bibliotecas de Estado, como la de Darmstadt, de la que se retiran todos los escritos “de metafísica, alquimia, quiromancia y otras necedades”.
Es curioso ver cómo entonces sociedades secretas acogen las corrientes ocultas perseguidas, reaccionando contra el racionalismo victorioso. Citemos a los Rosacruces y francmasones. En estas sociedades, no se practica la astrología, pero al parecer se la conserva simbólicamente en el seno de ciertas doctrinas filosóficas, como lo atestigua la obra Figuras secretas de los Rosacruces de los siglos XVI y XVII, publicada en Hamburgo en 1789 y también el Opus mago-cabbalisticum et theosophicum de G. Welling, 1735, reeditado en 1760 y 1785. La astrología es presentada aquí como una ciencia digna de encomio, fundada en la naturaleza Estas obras herméticas fueron redescubiertas y estudiadas por Goethe, quien en 1811 redacta sus Memorias con el título de Dichtung und Wahrheit (Poesia y verdad), iniciando su relato con el comentario de su horoscopo personal. En este aspecto, es significativo considerar el texto de una carta de Goethe a Schiller, fechada el 8 de diciembre de 1798 (citada en [26], pág. 248), donde se anuncia el romanticismo alemán, con su orientación hacia la naturaleza y el cosmos. No por ello se salva la astrología del olvido general.

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