La Edad Media

Tras la caída definitiva del Imperio Romano de Occidente (455), sigue un período de cinco siglos al que se ha calificado de “alta Edad Media”. La tradición astrológica se mantiene entre líneas. Luego, precediendo al período de renovación marcado por los grandes sabios Galileo, Copémico y Kepler, la Edad Media conoce un indudable desarrollo astrológico.

La alta Edad Media

Durante este período intermedio, el Occidente no ignora las obras de los antiguos. Boecio traduce al latín numerosos trabajos entre los que se cuentan los de Ptolomeo. Isidoro de Sevilla (560-636) redacta una voluminosa enciclopedia, las Etimológicas, donde sitúa a la astrología entre las supersticiones paganas, aunque considerando que puede ser practicada. Carlomagno se interesa mucho por la astronomía y la cronología. Florecen las escuelas mo­násticas .. Cr6nicas astrol6gicas se incluyen en ciertos “composts” -manuales de diversos datos de la actualidad-, por ejemplo, el “compost” de la abadía de Saint -Gall.
No se puede decir, pues, que en esta época la astrología haya desaparecido por completo. En efecto, antes del gran contacto que va a producirse con la cultura greco-árabe, el occidente cristiano conserva una tradición astrol6gica llamada “latina” por Thorndike, basada en traducciones de textos griegos de astrología popular.

Renacimiento de la astrología en la Edad Media

El siglo XII se caracteriza por una nueva sed de saber. Las grandes obras de la Antigüedad sólo se conocían de forma aislada, o incluso se habían perdido durante las grandes invasiones y la época merovingia. Existe el deseo de conocer esas obras: se las encuentra en las bibliotecas de las grandes ciudades musulmanas de entonces, y equipos de traductores trabajan principalmente en Palermo (Sicilia) y Toledo (España).

(Conquista de Toledo por los árabes: 711-713, recon­quista por Occidente en 1085; los árabes siguen presen­tes en Europa hasta la caída de Granada en 1492.)
Aristóteles, Euclides, Ptolomeo, Hip6crates, Galeno y muchos otros, así como los sabios musulmanes, son redescubiertos o incluso descubiertos. El libro se transforma en un instrumento de trabajo, de formato reducido, no ilustrado, y la pluma de oca sustituye a la caña.
En Toledo trabajan Juan de España, Gerardo de Cremona, Platón de Tívoli, Robert de Chester, Hermann el Dálmata, quienes, bajo la protección de un arzobispo -sólo la Iglesia domina la instrucción-, traducen numerosas obras de astrología.
San Alberto Magno, en Alemania (1193-1280, dominico de Colonia considera que los acontecimientos que se producen en la Tierra son provocados por el mo­vimiento de los cuerpos celestes, pero no el destino individual del hombre, capaz de libre albedrío. Si se la entiende así, la astrología es compatible, para él, con el cristianismo. Sostiene, además, que la astrología conduce los pensamientos del hombre hacia Dios y que los astros son tan sólo los instrumentos físicos de la voluntad divina. Esta será la concepción que adoptará durante largo tiempo la Iglesia. Se prefiguraba ya en Pedro Abelardo (1079-1142), para quien la astrología puede predecir las naturalia relativas a los fenómenos naturales, pero que afectan tanto a la agricultura como a la medicina.
En su obra Suma teológica, el italiano santo Tomás de Aquino, alumno de san Alberto Magno, igualmente dominico (1225-1274), estudió a su vez el problema del libre albedrío, tema fundamental de la astrología frente al cristianismo. Sus posturas fueron objeto de un minucioso estudio por parte de P. Choisnard.
La doctrina tomista afirma que “el primer motor en l orden de las cosas corporales es el cuerpo celeste”, los astros son la causa de todo lo que sucede en los cuerpos inferiores”, “las influencias de los astros son inversamente recibidas en los cuerpos inferiores según las distintas disposiciones de la materia”, “los astros … o ejercen más que una influencia indirecta y accidental sobre las potencias del alma”, “los astros no podrían er inmediatamente, por sí mismos, la causa de las operaciones del libre albedrío”. “el hombre siempre puede actuar, bajo el imperio de la razón, contra la inclinación producida por los cuerpos celestes”. Por el contrario, intentar prever con certeza los futuros fortuitos y los futuros libres es una adivinación supersticiosa y prohibida”.
A diferencia de los precedentes, el franciscano inglés Roger Bacon (1214-1294) conoce el hebreo, el griego y el árabe, y lee a los antiguos en el texto original. Su principal obra es el Opus majus. Para este doctor admirabilis (doctor admirable), considerado como uno le los grandes sabios naturalistas de su época, la alquímia, la astrología y la magia son los tres elementos básicos de las ciencias “naturales”. A su juicio, ninguna astrología erudita profesa el fatalismo, que está reservado a los ignorantes y aficionados. El individuo puede, mediante su fuerza de voluntad, resistir a la influencia real de los astros.
Entre 1450 y 1650 florece una gran astrología erudita. Todos los soberanos y príncipes tienen en su corte uno o varios astrólogos, todos ellos médicos y con frecuencia embajadores y consejeros. El arte de efectuar cálculos les confiere un auténtico prestigio. La astrología se halla omnipresente y conoce una vasta difusión. Participa en la vida pública y social: Carlos V tiene seis astrólogos. Carlos VI, Luis XI, el emperador Federico 111, el rey de Hungría, todos, se sirven de la astrología y en ocasiones ellos mismos la aprenden. La corte de los papas (Inocencio VIII, Pablo II), al igual que muchos dignatarios de la Iglesia, se abren ampliamente a sus técnicas (1520: existe una cátedra de astrología en la Universidad papal).
Durante toda esta época, la astrología se enseña al mismo tiempo que la medicina (recordemos que a partir del siglo XIII se forman “universidades” en París, Montpellier, Boloña, Oxford, etc.). Para el espíritu de la época, la ciencia de los astros constituye un todo: scientia motus es la ciencia de los movimientos de los astros = astronomía, y scientia judiciorum, la ciencia de los juicios = astrología.
Las “natividades” -así se llama a los mapas del cielo de nacimiento- se calculan con máxima exactitud y se analizan en detalle. Cabe citar, por ejemplo, la de Jean de la Goutte realizada en 1469 por el astrólogo Conrad Heingarter para el 12 de agosto de 1418 a las 8 de la tarde. El texto de análisis se compone de quince capítulos referidos especialmente a la complexión, la familia, el intelecto, la fortuna, los honores, el oficio, el matrimonio, los hijos, los enemigos y amigos, los viajes y la muerte. Evidentemente, sólo personas adineradas podían beneficiarse de semejante labor. C. Heingarter y Simon de Phares están al servicio del duque de Borbón, su protector.
Muchos datos de esta época pueden encontrarse en los escritos de S. de Phares, Recopilación de los más célebres astrólogos y algunos hombres doctos.
Numerosas técnicas de detalle se inventan o se van perfeccionando poco a poco en todas partes, al capricho de las observaciones e intuiciones de los autores. Se refieren por ejemplo a las conjunciones planetarias, los cometas, los eclipses (si ha durado uno de ellos tres horas veinte minutos, esto significa que sus efectos du­rarán tres meses y veinte días) y las “partes” (se indica en Lyon el cálculo de una “parte del vino” ). Las técnicas de predicción son las bosquejadas por Ptolomeo y por los griegos de la época helenística, pero su empleo alcanza una mayor precisión: progresiones (direcciones secundarias) y revoluciones solares, que poco después parecen ser de uso corriente gracias a las efemérides impresas.
Es importante la contribución de la astrología a la medicina de entonces. Esto es totalmente lógico para el hombre de la Edad Media, ya que la astrología permite conocer la complexión del sujeto: a todo el mundo se le aconseja no ponerse en manos de un médico que ignore las leyes de la astrología, pues a tal médico se le declara “incompleto” (tmperfectus). Se desarrolla particularmente el estudio de las posiciones lunares para decidir los momentos propicios a los tratamientos (sangrías, laxantes), o para evitarlos al producirse aspectos con los “maléficos” Saturno y Marte.
Desde luego, la muy antigua contradicción con las posiciones de la Iglesia subsiste, aunque ciertos digna­tarios, como el cardenal universitario Pierre d’ Ailly, procuran una conciliación. De ahí que muchos textos astrológicos comiencen con “El hombre sabio domina a los astros”, de Ptolomeo, o terminen por “Así será, si tal es la voluntad de Dios”.
La astrología “mágica” de origen árabe penetra en Occidente por difusión generalmente popular. La práctica de los amuletos astrológicos de finalidad médica se encuentra lo mismo entre los charlatanes que entre los médicos universitarios establecidos. Se funde un metal –oro, plata, cobre o plomo– en el momento preciso en que el Sol entra en el signo zodiacal implicado por la zona enferma (por ejemplo, Aries para la cabeza, Leo para los riñones, etc.). La medalla obtenida lleva una inscripción e incluso puede ser bendecida por un sacerdote el día de Ramos. Las discusiones, procesos e incluso cazas de brujas atacando estas prácticas serán más frecuentes en los siglos XVI y XVII.

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